Chiaraqe en Cusco Magico – Peru Camino Inca

Chiaraqe en Cusco Magico – Peru Camino Inca: Todos los años, en las altas punas de Chiaraque y el Toqro, a 4,500 y 4/100 metros sobre el nivel del mar, allí donde vociferan los dioses y des­cargan su furia en atronadores diluvios, cientos de guerreros prueban su hombría en dramáticas y sangrienas batallas rituales. F.n las terribles ceremonias la muerte pierde su máscara grotesca para convertirse en mágica ofrenda a la más brava de las mamapachas cusque- ñ.is: la altiva y gallarda Kanas. Los juegos viriles que se celebran entre los jóvenes de veinte pueblos y comunidades, armados a la usanza de sus antepasados inkas, tienen por objeto propiciar al mismo tiempo la fertilidad de la tierra y conquistar el favor de los dioses legendarios.

“Los Apus verán con agrado a los vencedores, dicen los abuelos de Orqoqa llenos de religiosidad, y harán que tengan un año próspero y abun­dante. En cambio para los que pierden, malquistados con las deidades por su falta de valor y empuje, sólo habrá hambruna y calamidades- Peru Camino Inca”.

Si hay muertos es señal de que la tierra ha aceptado sus ofrendas. El guerrero que cae no es llorado por sus familiares, porque su sangre riega los surcos y los fructifica. Dentro del ritual no es más que un “pago” vivo a la madre poderosa que lo acoge agradecida en su seno. El kana de naturaleza indómita, todavía panteísta, adorador de las fuerzas telúricas, cree en la profunda relación que hay entre el hombre y la tierra. Por eso cuando alguien muere en la lucha se alegra. El miedo no existe en su corazón castigado por los rayos (según la tradición sus pagos o brujos son gentes tocadas por el rayo), y por eso se enfrenta hasta cinco veces por año. El 8 de diciembre, el 1 de enero, en San Sebastián (el 20 de enero), el 2 de febrero y en “compadres”.

A ocho horas del Cusco, cerca del pu’eblo de Languilayo, en el dis­trito de Ch’eqa se encuentra el Chiaraqe, cerro corpulento como un dios y blindado de peñones negros a los pies del majestuoso nevado Gongo- nilla. Su hoyada toma el nombre de Yuraq k’anchay, la pampa de “la luz radiante”, y está flanqueada por dos ríos poderosos, el Apurimaq y el Willkamayu. El Toqto es más inaccesible. Lejos de la civilización, a dos días distrito de Kunturkanki, ocupa la parte alta de la parcialidad de Orqo El paraje que es de una aridez estremecedora, casi lunar, se magnifica tiempo de lluvias. La nieve cubre el ichu y entre la neblina asoman esp trales las cresterías iluminadas por rayos y relámpagos.

En aimara Toqto significa tronar y en efecto, es la tierra del trueno.’ sus fragorosos compadres, el rayo y la lluvia. Aquí, los ch’eqas, descendientes del aguerrido y  legendario jefe Yana Awka, se encuentran con sus eternos enemigos, los ch’uchos chi bivilcanos, terribles guerreros de la estepa limítrofe con el Qollao, q trepan la escarpada pendiente del Apurimaq en el lomo de sus caballej enanos para entrar en tierra kana. El Chiaraqe es una batalla local en la provincia de Kanas, en q chocan los pobladores de Ch’eqa aliados con las parcialidades de Qollafi Sawasaya, Orqoqa, Hanansaya y Konsa, contra los pueblos de Yanao1 Layo, Q’ewe y Langui. De suyo es menos reñida que el Toqto don se baten los combatientes de dos provincias, Kanas y Chumbivil luchando los ch’eqas unidos con las parcialidades de Kullunkuyani, Ku Konsapata, Qaywa, Orqoqa, Chitibamba y Tandabamba contra los pu’ blos chumbivilcanos de Livitaca, Pikiqocha, Ch’amaka, Chaupibam’ Machaqoyo y otros.

Los orígenes del Chiaraqe y del Toqto son muy oscuros. Para un recuerdan antiquísimas luchas entre los bizarros chumpiwillkas, saltead res de la puna, y los primeros ch’eqas. Para otros es el famoso warachi* inka que abre las pruebas de la iniciación de la pubertad. En Yanaoka y Descanso se asegura que ambas batallas datan de 1 reinados qollas y que en aquellos tiempos eran más feroces, pues los vencedores bebían la chicha en el cráneo de sus enemigos. En todo caso tienen un carácter mágico, adivinatorio, porque deciden la abundancia o la hara bruna para el año venidero. A los doce años los niños kanas están aptos para guerrear como hombres. Las prácticas duran toda su vida. A honda, a liwi, a wichi wichi cazan desde pájaros, venados y vicuñas, hasta pumas. Esas mismas arnv les sirven después para la caza del hombre.

Unos quince días antes de la batalla ya se nota una efervescencia e las comunidades. La mozada se inquieta. Los varayoq recorren la zon convocando a los jóvenes. Por las noches se siente de cumbre a cumbre ef ulular de los pututos. Y luego los cantos. Ellos declaran que los encuentros son sólo juegos viriles, pero no impide que se aprovechen para saldar diferencias, pequeños odios; rencores. Así son de bravos y temibles. En la fiesta guerrera participan con la misma pasión las cholitas nú” les y siguen anhelantes las incidencias del combate. Especie de sabiri indias, si los suyos pierden, serán el botín de los triunfadores que pued devolverlas al año siguiente después de un sirvinakuy que a veces se 1 tima con el matrimonio.  El día del Chiaraqe bajan sus comunidades, ataviadas de domine con monteras adornadas con phalchas, llevando las hondas y liwis repuesto.

En el cusco magico las batallas se registran dentro de cierto orden. Por delante va la calle. Un poco más atrás los guerreros a pie. Los hombres maduros forn el grupo de los reservistas y ayudan con las mujeres a apilar las piedras que servirán de proyectiles. A la retaguardia van los cargadores de chicha, alcohol y cañazo y las cantineras. Los viejos combatientes toman parte alentando’ los jóvenes con sus cantos y la música entonadora de sus pinkuyllus.

Yo he escuchado sus voces intensas, exprimidas de unos pulmón* que se ensanchan a 4,900 metros sobre el nivel del mar para expeler I’ palabras, en una canción agreste, tierna, llena de poesía pero al mismo tiempo capaz de insuflar coraje. Los ciclos del Chiaraqe y del Ibqto están casi siempre cargados de tormenta. Las nubes de panzas grises parecen puños amenazantes de algún dios que mora allí. HI silencio es tenso y la voz de los ancianos, hueca, cavernosa, cabalga en el viento, agigantándose con el eco.

La pelea tiene dos momentos, el Wayna Akulli o primer coqueo que comienza entrada la mañana, v el Piqchu Tupay o segundo coqueo que se lleva a cabo a media tarde. El número de asistentes varía. Mario Gilt Contreras, autor de un estudio sobre el Chiaraqe, vio hasta un millar por bando. Además de los indios toman parte los colonos y hasta los hacendados de la región que entran en la justa porque sienten que “les hierve la sangre”.

El cusco magico tiene los guerreros kanas que parecen las huestes de un Gengis Khan indio son los mismos que acompañaron en sus campañas a Tupaq Amaru. En las lejanas comunidades donde todavía lo recuerdan, erguido sobre su potro blanco y empuñando la bandera imperial, pronuncian su nombre con reverencia.

Antes de luchar los combatientes “pagan” a la madre tierra y a las dei­dades circundantes para conquistar el triunfo, y luego bajan en avalancha por las laderas profiriendo insultos que hieren el honor, la hombría y el orgullo del contrario.

“¡Perro! ¡Aquí estoy viniendo para ver si eres hombre!… ¡Sal a pelear! ¿j ¡No te escondas tras las faldas de las mujeres!”…

“¡Aquí estoy pura hacera1 morder el polvo! ¡C…!”.

Al vocerío que es la música bélica del C’hiaraqe y el Toqto, además de pinkuyllu, se une el restallido metálico de las hondas fustigando el aire y < relincho de los caballos que huelen la violencia,

I.os liwis cruzan el espacio enredándose en las patas de las bestias qué! caen lanzando o aplastando a su jinete si no es muy diestro para saltar en efl momento preciso. Tanto los kanas como los ch’uchos son eximios caballistas, montan a pelo o en rústicas monturas, y a veces en alarde de destreza van de pie sobre el lomo del caballo como verdaderos Atilas en el cusco magico.

Un poco apartadas del escenario las jovencitas kaswan en ronda interminables y cantan waynos alentando con palabras de amor a si amantes. Sus canciones bañadas en llanto, con hipos y quejidos, porque están luchando sus padres, sus maridos, sus hermanos o sus novios, incitan a vencer o morir.

El punto central de la pampa del Chiaraqe es la apacheta de Kullurumi J el dios de Yuraq K’ancha. De allí se retrocede o se avanza y cuando son batidos es porque la huaca está en contra. A media tarde, después de una corta tregua, con heridos y hasta cotí muertos (en la batalla de San Sebastián en 1966 hubo cinco), arrecia la granizada de piedras. Las escenas son escalofriantes. Con las caras destro^i zadas, sangrando profusamente, siguen en la lid, sostenidos por un coraje! que se va acrecentando a la par que crece su desprecio a la muerte “Peru Camino Inca”.

La voz de los pinkuylleros que alternan el pinkuyllu con las canil ciones, adquiere una grandeza trágica. Es el último esfuerzo para anima a los guerreros que duplican su encarnizamiento a un paso de la victoria < la derrota, ebrios de furia, de alcohol y de coraje. En la lucha cuerpo a cuerpo salen a relucir el vvichi wichi, lazo tren­zado que lleva al extremo lina piedra o una tuerca de fierro, y el wall- pakaldo, zurriago de cinco puntas de acero, que se incrustan en la carne o destrozan el cráneo si lo tocan.

I.a batalla concluye cuando el cielo del Toqto v el Chiaraqe vuelca .sus nubes plomizas sobre la pampa, Entre la neblina que asciende aún se escuchan las imprecaciones y se ven los haces de chispas de los wichis v las hondas que revientan al flagelar el viento. A veces los heridos son rematados y sus muertes que nunca se denun­cian son el corolario bárbaro de la fiesta de sangre. Los vencedores se retiran gozosos y se llevan como botín a las cholitas, flor de los pueblos, como premio a su bravura, hasta el próximo chiaraqe en que volverán a desatarse en su sangre los dioses de la guerra. “Peru Camino Inca”

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